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Publicado el 12-06-2004   enviar imprimir
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Colaboraciones Periodistas Invitados

La elección presidencial puso en juego las premisas de democracia y libertad Por Héctor García; fundador y Director Ejecutivo de “Minnesotans for NAFTA”

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Opiniones - Periodista Invitado

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Durante la reciente elección presidencial se puso en juego mucho más de lo que discutieron los candidatos, más que las decisiones sobre la guerra en Iraq y el terrorismo. Lo que se puso en juego fueron las premisas que permiten la viabilidad de la libertad y la democracia en este país y en el mundo. También se puso en juego la opción entre el canalizar la globalización hacia un beneficio o hacia un mal para la humanidad.

A través de las últimas décadas, el uso irrestringido de la mercadotecnia en la política de Estados Unidos ha llevado a la manipulación mental del público estadounidense por parte de los partidos, quienes siguen ciegamente el mantra de “ganar es lo único que importa.” Esta manipulación ha transformado la evaluación democrática de soluciones a los problemas que vivimos de un proceso racional, basado en la diversidad de percepciones, a un proceso de engaño y explotación. Lenta e imperceptiblemente, la democracia está siendo transformada en un mecanismo vacuo de elegir sin entendimiento.

Las libertades de expresión, de religión, de prensa y otras surgen de la libertad única que no puede ser limitada sin la aceptación del individuo: la libertad de pensamiento. El famoso psiquiatra Viktor Frankl, desarrolló una teoría de significado y dignidad existencial basándose en sus experiencias como preso de un campo de concentración nazi; esa teoría caracterizó a “la libertad de escoger nuestro propio camino” como capaz de sobrevivir en las situaciones más restrictivas. Esta, “la más básica de las libertades humanas,” está siendo minada por una estrategia, apoyada en descubrimientos científicos, de control mental para que aceptemos realidades imaginarias y nos dobleguemos ante la repetición constante de trivialidades—todo con el fin de que votemos como los partidos desean.

La globalización es una fuerza que ha llevado a los pueblos de la tierra a tener un contacto más inmediato entre sí, a través del conocimiento, la comunicación y el transporte. Gracias a ello, las acciones y creencias de un pueblo tienen un impacto casi automático sobre otros. Al diseñar la administración de esa fuerza, nos hemos enfocado sobre la excelencia humana en la producción, venta y consumo de productos y servicios; así, hemos establecido mercados y sistemas globales dentro de los cuales actuamos. Por otra parte, hemos evitado el enfocarnos sobre nuestra debilidad—la incapacidad histórica de interactuar con otros y con la naturaleza durante períodos de incertidumbre en forma cooperativa
y constructiva.

Con la globalización, esos períodos se han hecho aún más complejos y sus efectos potenciales aún más destructivos. Por consecuencia, la globalización ha magnificado a un nivel nunca antes visto el impacto de nuestros errores. Sólo tenemos una alternativa positiva: el conducirnos con mayor sabiduría y, colocándonos sobre los hombros de los gigantes americanos en democracia y libertad, abarcar la complementariedad de todos los puntos de vista razonables.





La democracia por definición no está limitada por barreras de clase, educación ni, en la realidad global de hoy, por nacionalidad. El pretender que las decisiones de un solo país, aún a través de un proceso democrático interno, cancelan las opiniones de otras naciones sobre temas de interés internacional es negar la democracia misma. En efecto, la democracia estadounidense nunca hubiera sido una realidad si Gran Bretaña hubiese convencido a las 13 colonias que el consenso de la aristocracia inglesa conllevaba un mayor derecho que la oposición de sus provinciales sujetos.

La virtud de la democracia yace en la integración pacífica de puntos de vista conflictivos pero meritorios. La democracia no puede ser impuesta por un poder elitista dentro de una nación o entre naciones. La democracia que hace posible el “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, como la describió Lincoln, está en peligro cuando la democracia se considera como el derecho de un pueblo, por un pueblo y sólo para un pueblo. Tal como sucedió durante la Guerra Civil de Estados Unidos, la democracia y la libertad están ahora en peligro de desaparecer de la tierra no por amenazas externas sino por amenazas internas.

En gran parte, las opciones durante la elección presidencial dependieron de nuestras respuestas a las siguientes preguntas: ¿Cuál de los candidatos tiene la capacidad y voluntad de ampliar la práctica de la democracia a otras naciones, no a través de la fuerza sino a través de un “decente respeto hacia las opiniones de la humanidad,” como lo expresó la Declaración de Independencia de los Estados Unidos? ¿Quién ha demostrado un mayor respeto para las libertades humanas, incluyendo la más básica—la libertad de pensamiento? ¿Quién puede comprender las múltiples dimensiones de la globalización y optimizarlas para crear escenarios en los que todos los sectores de una nación y todas las naciones puedan tener éxito? ¿Quién está más dispuesto a distribuir las oportunidades del progreso al mayor número posible de
personas dentro de esta nación y alrededor del mundo, en lugar de usar ese progreso para dar aún mayor poder a una minoría en la explotación de las masas? ¿Quién sería más capaz de inspirar al pueblo estadounidense, en emulación del Presidente Kennedy, a preguntar no qué puede hacer el mundo por nosotros sino que podemos hacer nosotros por el mundo?

La elección ha tenido lugar y el Presidente Bush ha sido reelecto. Tal vez las preguntas anteriores no hayan dirigido nuestra decisión. Sin embargo, esas preguntas y lo que está en juego siguen vigentes pues dictarán nuestro destino. La responsabilidad de escoger para permanecer libres sigue siendo nuestra.

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