El inútil intento del juicio político al presidente Lucio Gutiérrez resultó, a la postre, útil. Y mucho. Mucho más de lo que nos imaginábamos. Mucho más de lo que pensaban quienes lo propusieron. Mucho más del miedo que sintieron los áulicos del Gobierno y de las acciones que ejecutaron. Sirvió para que otra vez –como tantas anteriores– ante nuestras narices afloraran los miasmas del ejercicio político, íntimamente ligados a bastardos intereses. Sirvió para que –otra vez– pudiéramos oler la pestilencia del chantaje de quienes hasta ayer fueron aliados y después se distanciaron: si cobras ciertas deudas, te enjuicio; si me enjuicias, te las cobro. Quizás por eso –porque el hombre común intuyó que en el intento de llevar adelante un proceso que podía terminar en la destitución del Mandatario estaban de por medio intereses económicos concretos– el juicio no levantó el fervor popular ni provocó en la ciudadanía algo más que una mueca de desdén: allá ellos, y que se las arreglen como puedan. Sirvió para que aflorara íntegra, como en una fotografía, la calidad de la clase política: gente que llega al Congreso de la mano de un partido, pero que carece de cualquier sustento ideológico. Al fin y al cabo, fue escogida como al desgaire: porque tenía un cierto arraigo popular, porque cantaba bien, bailaba con gracia o era más o menos influyente en determinado ámbito del electorado. El partido los aupó, los sedujo y les dio un protagonismo que ellos ni soñaron. Y ganó con ellos para luego perder, cuando los vio alejarse de los lineamientos dictados por la cúpula, seducidos por cualquier prebenda. Sirvió para enrostrarnos a nosotros, los electores, nuestras reiteradas equivocaciones el instante del sufragio, también seducidos por embelecos y promesas: escogemos a los peores, y luego nos arrepentimos, cuando es tarde. Sirvió para que viéramos cómo funciona la maquinaria oficial que, ante cualquier pedido, ante cualquier reclamo, siempre arguye la falta de dinero, pero que, a la hora de su propia urgencia, lo saca de secretos escondrijos para repartirlo a manos llenas y lo deposita sin pudor en las faltriqueras de sus opositores que, por solo ese acto de prestidigitación, pasan a engrosar la lista de sus nuevos aliados. Sirvió para demostrarnos que, en este idioma al revés que todo lo enreda y lo confunde, el país es un verbo que los políticos conjugan en primera persona: yo. Yo y mis conveniencias. Yo y mis ambiciones. Yo y mis intereses. Sirvió para todo eso. Y para más. Sirvió también para aumentar una gota en torrente de nuestro desencanto, de nuestra ira, de nuestro escepticismo. |
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