No creo que nos espere la versión moderada de Bush, sino el peor Bush. El triunfo de George W. Bush es como un alumbramiento natural, indoloro, sin complicaciones, mediante el cual una madre da a luz a una criatura monstruosa carente de cabeza, con un mero ojo en la espalda, escamas en el cuerpo y cola de marrano. En estos casos, corresponde felicitar a la madre por la limpieza del parto, pero no por la belleza del bebé. La victoria de Bush ha sido clara, a diferencia de su primer triunfo, cuando obtuvo menos votos que su rival. De modo que su reelección, en este sentido, es aceptable. No inobjetable, pues, según denuncias sustanciadas en informe de la ciberpublicación Common Dreams, hubo irregularidades en varios estados. Sin embargo, como el Partido Demócrata dio por limpia la contienda, podemos decir que el parto fue muy bonito. Lindo. Lo cual no significa que tengamos que admirar a la criatura. Los estadounidenses expresaron su voluntad política. Mas la suma de votos solo tiene un mérito aritmético; no quiere decir que el primer gobierno de Bush haya sido acertado, ni que vaya a serlo el segundo. Hace siglos, una proporción muchísimo mayor de ciudadanos creía que la tierra era plana, y eso no hizo menos esférico al planeta. Lo mejor que puede decirse de un proceso democrático es que fue democrático. Pero no que haya sido atinado, ni que sus resultados se consideren los más convenientes, ni que garantice un gobierno exitoso. La historia está llena de elecciones democráticas que generaron consecuencias catastróficas. A Bush lo reeligieron los asustados y los escandalizados. Aquellos, con la ayudita que a última hora prestó a la causa del pánico Osama Ben Laden. Los escandalizados, a caballo en la cruzada religiosa que desató Bush. Buena parte de sus votos nacieron del alboroto por el aborto, los matrimonios gays y el uso terapéutico de células madres. No es extraño que, bajo el manto de la campaña de este ex gobernador de Texas, campeón absoluto en rechazar peticiones de perdón de condenados a muerte, hayan llegado al Congreso elementos pertenecientes a la derecha más cruel. El nuevo senador por Oklahoma propone aplicar la pena capital a los médicos que practiquen el aborto; el nuevo senador por Carolina del Sur quiere prohibir que homosexuales y madres solteras dicten clases. A los partidarios de Bush voy a hacerles el favor de reconocer que su triunfo me ha entristecido, preocupado, deprimido. Y eso que mi Demonio del Pesimismo había anunciado su tenebroso pálpito en el Cambalache del 15 de septiembre. Otros, menos aplanchados que yo, buscan aspectos positivos a lo ocurrido. En España, abrumadoramente opuesta, cierto diplomático escribe un artículo titulado “Por qué hay que alegrarse de que haya ganado Bush”. Dicen los consoladores que Kerry habría enfrentado una oposición intolerable (“Sí, señora, el bebé carece de cabeza, pero al menos ya sabemos que no tendrá caspa”); que Bush cometió tantos errores en su primer gobierno que con seguridad ahora se equivocará menos (“El niño tiene un solo ojo, pero hay que ver lo lindas las pestañas…”); que, como ya no puede aspirar a otra reelección, desarrollará un gobierno más moderado (“Señora, no se queje tanto, que habrían podido ser mellizos”). Incluso Michael Moore ha tomado el desastre con sentido del humor, aconsejable analgésico, y publica en su ciberpágina (http://michaelmoore.com/) “Diecisiete razones para no cortarse las venas”. Una de ellas dice que, gracias a que los referendos regionales prohibieron en once estados los matrimonios homosexuales, “nos ahorraremos un montón de regalos de boda”. Mucho mejor, Michael: acaba de anunciar Bush que reformará la Constitución para despojar a los gays del derecho elemental de casarse con la persona que quieren. Ya no habrá que dar ningún regalo… Yo pienso que Bush no ganó para moderarse, sino para incrementar la dosis. Nos espera el peor Bush, no el semi-Bush. Así que, tras agradecer a Moore sus esfuerzos por animarnos, conviene recalcar que la reelección deja unos Estados Desunidos, fraccionados, partidos en dos bandos. Y un planeta que –con pocas excepciones—teme y detesta al inquilino de la Casa Blanca. Esto no había ocurrido antes, y obligará al gobierno norteamericano a comportarse con un refinamiento político del que no creo capaz ni a Bush ni a la conspiración neoconservadora que lo manipula. Quisiera ser optimista, pero me cuesta trabajo echarle piropos a este espeluznante bebé que habría espantado al de Rosemary. |
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