Ese día no sé si viajaba en el 141. Era un ómnibus de la compañía Cutcsa, recuerdo, lo que no recuerdo es si ese día era mi preferido, el que hacía la línea del 141, que tomaba toda la calle Rivera y en el que me solía sentar atrás y a la izquierda en la ida al Liceo Rodó y atrás y a la derecha a la vuelta a mi casa, que quedaba en La Unión. Lo que sé es que una multitud se albergaba en la Explanada Municipal de 18 de julio y Ejido y que cuando permitieron a mi ómnibus doblar hacia la derecha, alguien preguntó que quiénes eran esos. Otro le contestó que “locos…”, a lo que otro agregó “deben ser comunistas”, en fin “…perdiendo el tiempo…”, “no tienen nada que hacer”. Era el 26 de marzo de 1971. Mostraba la primera movilización de lo que daría en llamarse Frente Amplio y agrupaba un espectro amplio de fuerzas progresistas. Y sí, tenían algo de la locura que reclamaba para su España y el mundo el gran poeta León Felipe y no tenían nada que hacer más que perder el tiempo construyendo la historia. Y sí, había comunistas. Pero no sólo comunistas, también había democristianos, socialistas, anarquistas y hasta miembros de los partidos blanco y colorado, tradicionales en nuestro país desde sus inicios. Hace 33 años se reunían estos “locos”, tras una plataforma con la que pretendían encarar las elecciones de finales de ese año, pero aún más, constituirse en una opción seria para el futuro político del país. En la declaración constitutiva del 5 de febrero de 1971 se afirmaba: “La unidad política de las corrientes progresistas que culmina con la formación del Frente Amplio, cerrando un ciclo en la historia del país y abriendo, simultáneamente, otro de esperanza y fe en el futuro, se gestó en la lucha del pueblo contra la filosofía fascistizante de la fuerza. Y esa unión, por su esencia y por su origen, por tener al pueblo como protagonista, ha permitido agrupar fraternalmente a colorados y blancos, a demócratas cristianos y marxistas, a hombres y mujeres de ideologías, concepciones religiosas y filosofías diferentes, a trabajadores, estudiantes, docentes, sacerdotes y pastores, pequeños y medianos productores, industriales y comerciantes, civiles y militares, intelectuales y artistas, en una palabra, a todos los representantes del trabajo y de la cultura, a los legítimos voceros de la entraña misma de la nacionalidad ”. No cabían dudas, desde el nacimiento mismo de esta agrupación, respecto a las características antiimperialistas y en defensa de la soberanía nacional que la inspiraban. En el discurso de la primera movilización multitudinaria, diría el recientemente desaparecido Liber Seregni, candidato a la presidencia en esas elecciones del año ’71: “¿Cuál es la situación actual del Uruguay? (…). El Uruguay, nuestro Uruguay se ha transformado en un país de emigración. Los uruguayos emigran. Emigran por miles y por miles. Y se van porque su país no les ofrece posibilidades, porque no pueden vivir y trabajar aquí. El que emigra, el que se destierra a sí mismo, es un ser que ha perdido la confianza en las posibilidades de vida que le ofrece su comunidad. Es un desesperanzado Uruguay, de un Uruguay que hasta hace 30 o 40 años recibía con hospitalidad el aporte de hombres y de familias venidas de otros países que llegaban acá a buscar la esperanza para encontrar un lugar de trabajo y para formar un hogar. Eso era antes, hace 30 o 40 años y ahora es al revés, son los uruguayos quienes deben salir fuera de fronteras para encontrar ahí esperanza, trabajo y hogar. Esa sangría emigratoria es responsabilidad directa de la oligarquía y del gobierno. Es una violencia sobre el país, una violencia tan terrible como las muertes en la calle, que también hemos soportado. La oligarquía no quiere modificar la estructura económica del país, la estructura económica que la beneficia, aunque sea a costa de transformarnos en un país de emigrantes”. “Y vinieron los últimos tiempos. Los políticos blancos y los políticos colorados quedaron relegados y la oligarquía tomó directamente el gobierno. Esto nunca había sido tan visible, tan descarnado y tan claro. Los grupos económicamente dominantes estaban dispuestos a todo para reducir al pueblo oriental y se abrió así una era de violencia, la que estamos viviendo. La violencia comenzó desde arriba. La estructura de dominación oligárquica quedó al desnudo; decretó que era la “hora del garrote” y, como siempre, cínicamente, culpó del desorden a las masas estudiantiles y a las masas obreras”. “Esto nos lleva, en el plano internacional, a dos corolarios necesarios. El primero, es la no intervención. Es un principio defensivo ante las amenazas y presiones extranjeras; es el repudio a las intervenciones extranjeras”. “…Pero no basta con la no intervención. El otro corolario necesario a la autodeterminación es la activa solidaridad latinoamericana. La autodeterminación exige la ruptura de nuestras formas de dependencia: la económica, la política, la cultural, la científica. Estamos en América Latina y América entera es víctima de la misma dependencia, de los mismos poderes. Nuestra lucha es común con nuestros hermanos latinoamericanos. (...)” “Y porque aquellas luchas terminaron con el exilio de Artigas, Bolívar y San Martín, es que emprendemos ahora la segunda emancipación latinoamericana, y esto nos lleva a la solidaridad con todos los movimientos de liberación nacional que hoy se levantan en América Latina. Solidarios hoy, como fuimos solidarios ayer. Es el camino hacia la Patria Grande que soñaron nuestros próceres”. Uno lee estas cosas escritas hace 33 años y piensa que el tiempo no ha pasado realmente, que hemos sido engañados de forma sostenida, que nuestras “patrias bobas” deben algún día salir del letargo en que las tienen tantos intereses mezquinos. El último 31 de octubre el pueblo uruguayo salió a la calle a darle la bienvenida al socialismo, primero en las urnas y luego en el festejo, que fue tan multitudinario como ordenado, dando muestras de un civismo que llama poderosamente la atención de propios y extraños (la BBC de Londres lo destacó enfáticamente). Fue el festejo de un pueblo que pretende soluciones reales a reales problemas, que cree en la solidaridad y el cambio del quehacer del hombre hacia la vida. El pueblo y sus dirigentes sabrán si tienen las respuestas a los obstáculos que son inminentes. |
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