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Columna

Publicado el 03-30-2005   enviar imprimir
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Marco Fernandez

La Carta (De Inmigrante a Terrorista segunda parte)

Marco Fernandez
Opiniones - Cuestionando al Mundo
Director Editorial y Editor en Jefe de Gente de Minnesota

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Por Marco Fernández

marco@lcnmedia.com





He decidido tomar riesgos y enfrentar el viejo refrán que dice, “Segundas partes nunca fueron buenas” y, escribir una segunda parte de mi historia de la semana anterior. Tengo una excusa: la historia de la semana pasada aún no termina y si esta excusa no es suficiente, hago la solemne promesa de no volver a escribir una segunda parte en lo que queda de este año (nunca me han gustado las promesas a largo plazo, son las más difíciles de cumplir).

Así que, contra toda buena razón y contra los buenos consejos de mi abuelita, aquí les va la segunda parte, una secuela a la que he titulado “La Carta”, aunque haya más de una carta involucrada en el asunto.

Era la mañana del sábado pasado, mi esposa y yo nos preparábamos para salir. Ibamos al primer cumpleaños del hijo de una gran amiga. Teníamos todo listo, cuando llegó el correo. Recibimos 3 sobres. Dos de ellos basura y un tercero, del Departamento de Motores y Vehículos del estado. Mi esposa vio el malestar en mis ojos y sin decir nada tomó el sobre y me dijo “la lees cuando volvamos. No quiero que te pongas de mal humor desde tan temprano”. La colocó sobre mi escritorio y ahí la dejamos.

Salimos y, durante todo el camino (poco más de una hora), pensaba en la carta. Me molestaba y mi higado se retorcía. Recordaba lo sucedido el año pasado y luego me preguntaba “¿y ahora qué? ¿no les basta con todos los problemas que ya me han dado?”.

Llegamos a la fiesta. Mientras los niños jugaban, yo seguía pensando en la dichosa carta. Terminó la fiesta y la carta seguía dando vueltas en mi hígado (aclaro que no en mi mente). Fuimos al Mall de América y mientras hacíamos compras, la carta seguía martillando mi cabeza. Cenamos en casa de otro gran amigo y la carta estuvo presente, como parte de la conversación.

Llegamos a casa y lo primero que hice fue abrirla. El año pasado, después del calvario de trámites para intentar renovar mi licencia, recibí tres cartas del Departamento de Motores y Vehículos. La primera, fechada el 24 de marzo de 2004, decía: “Sentimos informarle que debido a que su situación migratoria en el país no ha sido aclarada, no podemos renovar su licencia
y sus privilegios para conducir han sido cancelados”. Esa carta me molestó muchísimo. No entendía a qué se refería. No sabía qué más hacer para renovar mi licencia, así que a la mañana siguiente me dirigí a la oficina de Motores y Vehículos más cercana y luego de media hora de hacer cola, llegué con una señora mayor, bastante mayor, que la leyó con dificultad y me dijo “No sé de qué se trata. Le recomiendo que hable a las oficinas centrales del departamento. Tal vez ellos lo puedan ayudar”. “¡¿Tal vez?!” pensé y salí muy molesto del lugar. Llegué a casa a tiempo para recibir el correo. Una segunda carta, fechada el mismo día, había llegado a mi nombre. La tomé y muy molesto me dije “¿y ahora qué?” La abrí y con un enorme malestar de estómago leí: “Su solicitud de renovación de licencia de conducir ha sido aceptada, pero su Número de Seguro Social no aparece en nuestros archivos, le rogamos presentarse a cualquiera de nuestras oficinas con esta carta para completar la información y renovar su documento”. ¡Firmaba la misma persona que envió la carta anterior! Sorprendido y confundido miré a mi esposa y comparamos la hora impresa en ambas cartas. Había una diferencia de 45 minutos entre una y otra.

La mañana siguiente llevé la segunda carta conmigo al trabajo. Esperaba poder escaparme a medio día y resolver este asunto. Me preparaba para salir, cuando recibí una llamada de mi esposa. Una tercera carta había llegado. Le pedí me la leyera y la carta, fechada el mismo día, con 2 horas de diferencia a las anteriores y firmada por la misma persona decía: “De acuerdo a los estatutos que regulan el funcionamiento del Departamento de Motores y Vehículos del estado de Minnesota, sus privilegios para conducir han sido restaurados y se ha ordenado la renovación de su licencia”. Molesto me reí y pensé: “¿Qué clase de inepto es este tipo? ¡Dios! ¿qué clase de estatutos son los que regulan el funcionamiento de este departamento? ¡Dios me libre de encontrarme en la calle con un oficial de la Policía que trabaje bajo esos mismos estatutos, porque entonces estamos perdidos!”.

Con semejantes antecedentes, es fácil comprender mi incomodidad con la carta recibida. Así que
la abrí y leí las pocas líneas en ella, que decían: “Con la autoridad concedida por el Departamento de Motores y Vehículos ordeno que sus privilegios de conducir sean restaurados y su licencia renovada”, firmada por la misma persona que un año atrás firmó las otras 3.

Me reí. Mi esposa me preguntó de qué se trataba y ella también rió. Pensé “Mi viejo amigo sigue siendo el mismo inepto burócrata que no tiene nada mejor que hacer que enviar cartas sin sentido a los pobres inmigrantes que desean renovar sus licencias de conducir”. Claro, para él, igual que para muchos otros, escribir y enviar estas cartas debe traer una sensasión de seguridad muy especial, en un estado donde se vive rodeado de inmigrantes y posibles terroristas ¿no es así?. Terminada esta historia, no me queda más que empezar a cumplir mi promesa y dejar de escribir secuelas.

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