Quiero, antes que nada, pedir perdón a los inmigrantes por el título de esta columna. No es mi intención ponerlos al mismo nivel que a los “Terroristas”. Quiero, por el contrario, ilustrar con una anécdota, cómo la sicosis colectiva y la falta de “Sentido Común” de algunas buenas personas han convertido a algunos inmigrantes en delincuentes y han desatado una serie de acciones ridículas contra los inmigrantes, documentados e indocumentados (prefiero utilizar el término “Indocumentado”, el término “Ilegal” me resulta ofensivo y denigrante). Si esta disculpa no basta, quiero decir a los inmigrantes que yo también soy uno de ellos, un inmigrante, que todos los días tiene que enfrentar el “Costo de la Legalidad” y que a veces es tratado como terrorista o apestado. Para mi desgracia, la semana pasada tuve que ir al Departamento de Motores y Vehículos a renovar mi licencia. Cada año me veo obligado a renovar mi licencia. Cada vez que mi permiso de trabajo se vence, para ser exactos. Como una marca que alerta a todos a mi alrededor, estoy obligado a llevar un sello que dice que mi permiso de trabajo ha expirado y que los oficiales de la Policía o de cualquier otra agencia de seguridad estatal o federal, deben estar alerta sobre la posibilidad de que mi intención sea quedarme ilegalmente en el país o cometer un atentado terrorista. Esta regulación (porque no tiene categoría de ley) fue tema de campaña del gobernador Tim Pawlenty en 2002, quien pasó de ser un oscuro Senador estatal a ser el líder de la lucha anti terrorista en Minnesota. Pawlenty ganó la elección y su primera medida como gobernador fue la creación del “Status Check”. Mi vida cambio ese día: dejé de ser un simple inmigrante y me convertí en un posible terrorista. Mi licencia se venció en febrero de 2003 y, luego de entregar documentación que demostraba que era un residente legal en el país, que mi padre no era terrorista, que mi abuela no era cantante de cabaret y que los lunes usaba calzones azules, el Departamento de Motores y Vehículos finalmente renovó mi licencia. Un año pasó y otra vez tuve que renovarla (obligado por el “Status Check”). Una vez más llegó el papeleo, el ir y venir, las pruebas y los documentos que demostraban que mi madre nunca puso bombas en Afganistán ni en Turquía. Otro año pasó y una vez más tuve que renovar mi licencia, el jueves pasado. Junté toda mi papelería, copias de mis documentos, pruebas de identidad y las declaraciones de mi bisabuelo, asegurando que si alguna vez disparó un tiro, fue durante la guerra y nada más. Llegué a la oficina de Motores y Vehículos y, después de casi media hora de espera, llegó mi turno. Una mujer muy amable me pidió mi formulario y empezó a ingresar mis datos. De pronto, su cara cambió. Me miró de reojo y se levantó de su asiento. Se acercó a su supervisora y murmuró algo a su oido. La supervisora me miró con ojos acusadores y murmuró algo. Yo trataba de hacerme el disimulado, mientras ambas murmuraban. La mujer se dirigió al teléfono y habló con alguien por espacio de 10 minutos. Volvió y con mirada acusadora me dijo, “Esto es algo diferente, tengo que revisar las notas”. Tomó una carpeta gruesa como una Biblia y después de varios minutos me dijo, “Las reglas para renovar licencias a personas como usted cambian constantemente”. Pretendí ignorar su comentario y puse mi mejor cara de “Señora, no sé de qué habla” que pude. Me hizo mil preguntas. Revisó 300 veces mis documentos. Chequeó 225 veces mi expediente y finalmente me dijo “No puedo renovarla”. Pregunté cuál era el problema y me dijo “Sólo la central puede renovar la licencia de alguien como usted”. “¿Alguien como yo?” pregunté molesto. Con su mejor cara de “¿acaso es usted un ignorante?” me dijo “Es un asunto de Seguridad Interna, tenemos que protegernos contra posibles terroristas que quieren hacernos daño”, Sorprendido y molesto le pregunté “¿Quiere usted decir que soy un TERRORISTA?” me miró y con una mirada más fría que el invierno en Duluth me dijo “vaya a esta dirección”. Me entregó un papel y sin dejarme hablar más dijo “¡El siguiente!”. En tan sólo 10 minutos pasé de ser un “inmigrante” a ser un “terrorista”, sin siquiera darme cuenta. Salí furioso del lugar y me dirigí a la dirección. Llegué y una mujer muy mal encarada me atendió. Tomó mis papeles, los revisó, me pidió mi licencia vencida y me preguntó “¿vino usted manejando?” respondí que sí y con una sonrisa me dijo “no debería, su renovación no es sencilla. El estado cancela su licencia cada vez que vence su permiso de trabajo”. La miré con cara de “ayúdeme, por favor” y una vez más sonrió y dijo “Entre usted y yo, quienes hacen estas regulaciones son unos ignorantes, no saben cómo funciona el sistema migratorio, ni cómo funciona el departamento.” Cortó una esquina de mi licencia y dijo “Espere su renovación en dos o tres semanas”. Le di las gracias y mientras caminaba hacia la puerta, me dijo “Conduzca con cuidado, en este estado hay gente que no entiende la diferencia entre un inmigrante y un terrorista”. Me di cuenta que su acento era diferente, ¡ella era también una inmigrante! Mientras conducía a mi oficina pensaba que la mujer tenía razón. Desgraciadamente este estado y este país están llenos de gente buena que no entiende la diferencia entre un “inmigrante” y un “terrorista” y están dispuestos a hacer cualquier cosa para hacernos la vida imposible. |
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