No cabe duda que cuando se trata de asuntos migratorios, todo es cuestión de enfoques. Cuestión de color y cuestión de origen. Muchas cuestiones para un solo tema, pero así es comos son las cosas en este país. Un par de semanas atrás, el Minneapolis Star Tribune publicó una historia sobre un inmigrante indocumentado. La historia, publicada el 14 de agosto, bajo el título “Un hombre sin país” es un claro reflejo de la doble moral y del racismo existente dentro del sistema migratorio. La nota, escrita por Jean Hopfensger, a quien respeto y reconozco como una excelente profesional, presenta la historia de un hombre, ciudadano canadiense que ha vivido por más de 40 años de manera “ilegal” en el estado. Su nombre, Jim Koland. Jim es un hombre como cualquier otro. Creció en Minnesota. Prestó servicio militar, se casó, tuvo hijos y hasta ha votado en dos ocasiones. El único problema es que Jim no es ciudadano estadounidense, ni siquiera un residente legal. Es, al igual que millones de latinoamericanos, un inmigrante indocumentado. Jim no tiene la culpa. Su padre lo trajo cuando era apenas un niño y creció pensando que era ciudadano estadounidense. No sabe cómo pero tiene un número de Seguro Social, válido además y lo ha utilizado desde que tiene memoria. Jim no sabía que era un inmigrante indocumentado, hasta que intentó obtener un pasaporte para salir del país hace unos meses. El caso de Jim no es muy diferente del caso de miles o cientos de miles de muchachos hispanos, hijos de inmigrantes indocumentados, traídos al país por sus padres cuando eran muy pequeños, que crecieron pensando que éste era su país y esta es la única cultura que conocen y que han vivido jamás. La diferencia es que Jim es un hombre blanco, no hispano de piel morena. Jim habla Inglés a la perfección, no tiene acento. Jim tiene ascendencia angla, no ascendencia indígena. Jim está casado con una ciudadana estadounidense, no ha tenido que dejar a su familia en su país y, finalmente, por irónico que parezca, Jim sí tiene opciones para legalizar su situación. Jim no ha sido arrinconado y obligado a vivir en las sombras. Jim no es perseguido por la “Migra” ni tiene que sufrir la humillación de ser detenido y tratado como un delincuente. En pocas palabras, Jim no tiene más que hacer que lograr demostrar que su padre era ciudadano o que su esposa introduzca una petición familiar para regularizar su situación. Migración parece haberse olvidado que Jim ha trabajado por casi 40 años con un número de Seguro Social falso. Que ha recibido servicios y beneficios del estado. Que ha votado (lo que es un delito) y cometido fraude al registrarse para votar siendo ciudadano extranjero. Tal parece que a Migración todo esto no le importa. Y no le importa porque Jim es blanco. Porque Jim es anglo. Porque Jim se apellida Koland, no González y porque Jim es canadiense, no latinoamericano. Es claro que para Migración todo es cuestión de enfoques. Para los anti-inmigantes también. Resulta interesante el hecho de que nadie haya reclamado la cabeza de Jim. Si Jim se llamara Pedro y su apellido fuera Pérez, serían cientos las personas que exigirían su encarcelamiento y su deportación. Como dije es simple cuestión de enfoques porque para nosotros que nos encontramos del otro lado del cerco, Jim es uno más y nos parece que su caso debería ser tratado con la misma severidad que sería tratado si fuera hispano. Jim cometió un delito al votar sin ser ciudadano. Jim cometió fraude al registrarse para votar sin ser ciudadano. Jim ha trabajado fraudulentamente en el país por casi cuarenta años y ha usado un número de Seguro Social falso sin que éste haya sido detectado. Tal parece que cuando se trata de inmigrantes, sólo es un problema cuando el inmigrante es de color. Si el inmigrante es blanco, a nadie parece importarle. |
|








