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Columna

Publicado el 11-29-2004   enviar imprimir
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Marco Fernandez

Un pavo, un mexicano, una SUV y 2 presidentes

Marco Fernandez
Opiniones - Cuestionando al Mundo
Director Editorial y Editor en Jefe de Gente de Minnesota

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Todo comenzó con un pavo. Por lo menos esa es la historia oficial. Un pavo y una comida en una tarde de otoño hace casi 400 años. Parece mentira, pero esa tarde no hubo pavo. Nadie puede decir con certeza cuál fue el platillo principal ese día. Con toda seguridad hubo calabaza, también hubo pan de maiz y tal vez ganso. Pero pavo, seguramente no.

Quién lo diría, pero esa famosa tarde de otoño tampoco sucedió en otoño. Sucedió hacia finales de julio de 1621, nadie sabe la fecha exacta, ni cuántas personas asistieron. Y por si esto fuera poco, lo único que los “peregrinos” celebraban era que habían logrado sobrevivir al primer invierno en América Y lo lograron gracias a la ayuda desinteresada de los indígenas. Lo celebraron con un festival que duró tres días, no con una comida. Lo celebraron lo mejor que pudieron, con maiz, papas y verduras, pero en su mesa no hubo pavo.

Invitaron a los indígenas, esa parte es cierta. Y los indígenas asistieron. Esa parte también es cierta. Asistieron como buenos vecinos. Como gente honesta que brindaba su amistad a los extranjeros y los recibían con los brazos abiertos en sus tierras, aunque hubieran llegado como “mojados”. A ningún cacique se le ocurrió preguntar por las visas de los peregrinos, ni pedir papeles a los extranjeros que caminaban por los bosques. No tenían Patrulla Fronteriza y no tenían oficinas de inmigración. Nunca hubo redadas ni racismo. Nunca hubo propuestas para negarles servicios, ni se les negó la libertad de practicar sus creencias. No se les acusó de ser terroristas, a pesar de que llegaron armados de pólvora y cañones, ni tampoco se les persiguió por buscar trabajo honesto en ese nuevo país, para alimentar a sus familias. Poco imaginaban los indígenas lo que venía. Nunca imaginaron que serían expulsados de sus tierras, que sus hijos serían masacrados y que sus campos serían incendiados. Nunca imaginaron que, en agradecimiento, los peregrinos les quitarían sus tierras y los obligarían a vivir como ciudadanos de segunda clase en su propio país.

Muchas cosas han pasado y la celebración se convirtió en lo que es. Un día de acción de “gracias”. Un día para comer pavo horneado, pastel de calabaza, maíz y papas.
Un día para dar gracias a Dios y para dar inicio a la temporada “navideña”. Un día para descansar, el cuarto jueves de noviembre. La celebración se ha extendido tanto que poco a poco se ha ido introduciendo dentro de nuestras tradiciones hispanas y el cuarto jueves de noviembre, también se celebra en un hogar mexicano. Se celebra en un hogar guatemalteco, en un hogar argentino y hasta en un hogar dominicano. Se celebra, aunque pocos realmente sepan lo que se celebra.

Una cosa es cierta, ese mexicano que celebra el día de gracias espera que las promesas de campaña del presidente Bush se hagan realidad. Espera con todo su corazón que el famoso programa de “Trabajadores Temporales” sea aprobado y que con esta aprobación no tenga que esconderse más y deje de vivir entre las sombras. Ese mismo mexicano sueña con poder hacer una vida normal en este país, comprar una casa, educar a sus hijos, renunciar a sus costumbres y hasta comprar una SUV.

Sí, hasta comprar una SUV, una camioneta agrícola, igual a las que tantas veces ha visto en el freeway. Igual a la que manejaba el tipo que casi lo arrolla dos días atrás. Igual a la que maneja el hombre que vive dos cuadras abajo y que se siente el dueño del mundo cuando pasa frente a su casa.

Ese mismo mexicano tenía puestas sus esperanzas en la reunión de Chile. Esa reunión en la que 2 presidentes, George W. Bush y Vicente Fox se sentaron por unos pocos minutos para discutir sobre migración. Y digo “tenía” porque como regalo para su cena de día de gracias, en lugar de pavo, esos 2 presidentes le dieron nada. Promesas vacías, palabras al aire, lo mismo de siempre. ¡Nada! Ni amnistía, ni programa, ni apoyo ni nada.

Al final de todo este cuento, sólo hay dos que tienen algo porqué dar gracias, George W. Bush y el pavo al que éste perdonó la vida la semana pasada en la Casa Blanca. Bush dará gracias a Dios por un segundo término, el pavo dará gracias a Bush por no convertirlo en su cena. Las cosas están una vez más en su lugar, donde siempre han estado y el mexicano, el salvadoreño, el colombiano, el argentino, el guatemalteco y el ecuatoriano seguirán esperando, soñando con la SUV
y esperando, igual que todos los años por el milagro que nunca llega y tener algo porqué dar gracias a Dios.

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