No fue por casualidad que llegué a considerar la política como una de las más grandes maldiciones del hombre. Se entiende fácilmente cuando se crece en un país donde el sistema “democrático” no tiene nada de sistematizado y mucho menos de “democrático”. Guatemala vivió durante años una de las más grandes fantochadas de la historia. La sucesión “democrática” de Tiranos (auto denominados presidentes), miembros de la cúpula militar, dedicada a derrochar las arcas de la nación. Claro, cada cuatro años se celebraban elecciones. Cada cuatro años ganaba el “elegido”. Todo era un teatro, creado para justificar los acuerdos militares con Estados Unidos y otras naciones. Creado para mantener una “imagen” de “apertura”, de “democracia”, de “tolerancia” en un país donde se cometían masacres a diario, en un país donde no existía la libertad de expresión, en un país donde la muerte era una garantía y la vida no valía nada (no es que las cosas en Guatemala hayan cambiado desde entonces. La verdad es que han cambiado poco, con la diferencia que ahora ya no son los miembros de la cúpula militar los que se turnan el gobierno). Criado bajo este panorama no es de sorprenderse que considere la política como una maldición. Una maldición, pero una maldición necesaria. Digámoslo de otra forma. Es el menor de otros males. No involucrarse y no participar de los procesos eleccionarios “democráticos” o no trae como consecuencia otra maldición, peor que la política misma. Los resultados de la pequeña encuesta, realizada por nuestro compañero, Rigoberto Castro, la semana pasada, me aclaró que no soy el único y que millones de personas comparten mi opinión. Desgraciadamente, los inmigrantes latinoamericanos llegamos a este país con esa mentalidad y esa actitud. Nos involucramos en nuestro pequeño mundo y nos importa un carajo lo que suceda en el mundo exterior. No nos enteramos. No participamos. No tomamos conciencia política y permitimos que sean otras personas las que tomen las decisiones por nosotros. Estados Unidos hierve con la política. Todos los grupos minoritarios cuentan con representantes en el Congreso y grupos de cabildeo político, pero los hispanos parecemos invisibles. Un par de representantes en el Senado. Otro par de representantes en el Congreso, un alcalde y nada más. Carecemos de poder político porque carecemos de participación. Nadie nos toma en cuenta a la hora de tomar decisiones porque no participamos del proceso. Las cosas suceden a nuestro alrededor y más parece que las aceptamos con la boca cerrada y la cabeza agachada, aunque la realidad es otra y muy triste. Las cosas suceden y el 90% de nosotros ni siquiera se enteró que estaban por suceder. Las elecciones para alcalde en Minneapolis y St. Paul están a poco menos de 4 semanas. La elección de miembros al Consejo de la Ciudad también y muy pocos estamos enterados. Un amigo mío me hizo un comentario muy triste la semana pasada. Me dijo “¿Qué ganamos nosotros con esa elección? Total, somos indocumentados y a los políticos ni siquiera les interesa lo que pase con nosotros porque como no votamos, no contamos para ellos...”. Contamos, claro que contamos. Nuestro problema es que no se los hacemos saber. No les hacemos llegar nuestras quejas ni nuestras inquietudes y no les recordamos sus promesas y compromisos. Estamos tan acostumbrados a vivir en las sombras que ya ni siquiera nos interesa involucrarnos en los asuntos de las comunidades en que vivimos. Contamos y somos tan importantes para ellos que, el pasado lunes, 10 de octubre, durante la presentación del endoso de John Kerry a Chris Coleman (candidato a Alcalde de la ciudad de St. Paul), Molly Coleman, hija de Chris, presentó a su padre y a John Kerry con un discurso en español, un excelente español por cierto. ¿Quieren más pruebas? Sólo acérquense a Lake Street una de estas tardes y hagan un cálculo de la cantidad de dinero que el condado está invirtiendo en la reconstrucción de esta calle. Luego pregúntense, ¿por qué está el condado invirtiendo esa cantidad de dinero en un sector netamente dominado por la comunidad hispana? La respuesta es sencilla, porque la comunidad hispana devolvió la vida a un área dada por muerta y que genera millones de dólares al año en impuestos. ¿Es la política una maldición? Sí, estoy de acuerdo y siempre lo estaré pero, es una maldición más grande el mantener la cabeza agachada, mantener la boca cerrada y dar la espalda a los problemas de la comunidad en que vivimos. Es una maldición más grande el no participar y exigir. Es una maldición más grande permitir que sean otros los que tomen las decisiones y decidan sin consultarnos. marco@lcnmedia.com Derechos reservados © Latino Communications Network 2005 |
|








