Sí, es cierto. Nuestros países son violentos. Están llenos de asesinos. Las calles de las ciudades están plagadas de delincuentes y el temor a los oficiales de Policía, el Ejército o las fuerzas de seguridad puede ser muchas veces mayor al temor a los criminales. No lo niego. Para alguien que desconoce nuestra realidad, resulta imposible creer que la vida no tenga valor alguno en América Latina y que el estado sea tan corrupto y peligroso como cualquier banda de maleantes armados. Nos acostumbramos desde niños a la violencia. Nos acostumbramos a las malas noticias. Nos acostumbramos al miedo. Y lo que es peor, nos acostumbramos a ser testigos mudos no de cientos, sino miles de crímenes que se comenten en nuestras ciudades. Pero eso es América Latina, no Estados Unidos. En Estados Unidos se supone que las fuerzas de seguridad no cometen crímenes. Se supone que la Policía investiga hasta el cansancio. Se supone que los jueces hacen su mejor esfuerzo por encerrar a los criminales y se supone que el gobierno hace todo lo posible por evitar los “crímenes de odio”. Digo “se supone” porque la realidad es otra. El pasado viernes tuve la triste oportunidad de encontrarme con una nota publicada por The Arizona Republic. La nota habla sobre el caso de una joven guatemalteca. Una mujer de 16 años que fue tocada y abusada por un oficial de ICE (el brazo armado de la Migra). La joven acusa al oficial de haberla manoseado en la patrulla luego de haberla detenido. Nadie lo vio y obviamente el oficial niega todos los detalles. Lo que el oficial parece haber olvidado es que los sistemas de seguridad del centro de detención de ICE en Phoenix, monitorean el interior del centro y graban muchas de las cosas que suceden en las celdas. Desgraciadamente para este oficial, con 15 años de servicio, la denuncia de la joven obligó a la Policía de Phoenix a solicitar copias de los videos de seguridad de las instalaciones y ¡¡¡Sorpresa!!!! En ellos aparece claramente el oficial “tocándola” de una forma “indebida”. La denuncia ha disparado una serie de críticas en contra del departamento y de seguir así la cosa, es muy posible que desate una investigación interna. Pero, hay un problema: el silencio criminal. Sí, el silencio de las mujeres y hombres que han sufrido vejaciones y abusos por parte de la Policía y los oficiales de Inmigración y que por su calidad de indocumentados creen que no tienen un caso. Yo lo sé de primera mano. Personalmente fui testigo de la forma en que los oficiales de ICE tratan a los detenidos. Conozco la forma en que los presionan para firmar el famoso documento en el que los detenidos renuncian a su derecho a ser llevados ante un juez y la forma denigrante en que los tratan cuando se niegan a firmar ese documento. Sé, de buena fuente, que algunos de ellos abusan de los detenidos. Sé, también por buena fuente, que los presionan hasta el extremo que algunos de ellos reaccionan violentamente a la presión y utilizan esto como un pretexto para conducirlos a detenciones en solitario o para justificar el uso de esposas y cadenas. Estoy seguro que el caso de esta joven no es el primero, ni el único. No lo es en Arizona, ni en Minnesota. Son parte de los “crímenes de odio” que se cometen en contra de las minorías y que las autoridades ignoran porque no existen denuncias. No existen denuncias. Tampoco existen investigaciones. Los abusadores continúan sus vidas como que nada hubiera sucedido, total, los abusados van a ser deportados y para ellos se trata de simples criminales (aún cuando el 95% de los detenidos no han cometido crimen alguno). La administración no parece estar haciendo nada para evitar los abusos y por el contrario, parece estar estimulándolos a través de la “política de terror” y “fobia”. Basta con leer y escuchar las palabras y declaraciones que agentes de la Patrulla Fronteriza y de ICE han hecho a medios a nivel nacional en las que se refieren a los inmigrantes como “terroristas” y un “problema de seguridad nacional”. Cuando el brazo armado de la ley se convierte en el brazo armado del terror, el silencio se convierte en un crimen y callar una denuncia nos convierte en cómplices del delito. Después de todo, hay algo que no debemos olvidar. Esto no es América Latina y si presionamos lo suficiente, tarde o temprano el escándalo va a desatar una investigación y la investigación va a llevar a un cambio. |
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