Dedocracia. Sí, dedocracia. Sus ojos no lo engañan. No es una falta de ortografia. Es una palabra, hecha y derecha. No, no la inventé yo, aunque es una palabra inventada en América Latina. Vino a mi mente esta mañana, mientras observaba en el televisor la enorme cantidad de personas que hacían cola para votar en diferentes estados en todo el país. No pude evitarlo y es que ver a esa gran cantidad de personas esperando votar, trajo a mi memoria las largas colas y el revuelo que las elecciones tienen y tuvieron siempre en América Latina. Largas colas, miles de personas. Todas esperando votar y cambiar las cosas con su voto. Tantos votos frustrados, tantas esperanzas perdidas, todas asesinadas a los pies de la dedocracia. Digo asesinados a los pies de la dedocracia porque los fraudes electorales eran una práctica tan común en nuestros países que los únicos candidatos que podían ganar eran los herederos del poder, elegidos a dedo, por el gobernante y el partido de gobierno. Es increible el poder que un dedo podía tener en nuestros países. De ese dedo y, de su elección, dependían las vidas de millones de personas. Dependía la educación y la salud de nuestros hijos y dependían tantas cosas que podríamos pasar horas enumerándolas. Aún no tengo claro quien llego primero, si la dedocracia o la corrupción, pero ambas se sembraron en el corazón de los gobiernos latinoamericanos de una forma tan fuerte que parece que ni siquiera Superman podría terminar con ellas. Claro, y es que la dedocarcia abría las puertas a la corrupción y ese mismo dedo, que tomaba decisiones tan importantes, también servía para distribuir la riqueza del pueblo entre sus camaradas. Pero lo más trágico de la dedocracia no era su poder para elegir un gobernante o para distribuir riqueza, sino su poder para decidir sobre la vida de los ciudadanos. Bajo la dedocracia fueron asesinados cientos de miles de personas en toda América Latina, bajo el ojo vigilante de la CIA y con el apoyo incondicional de los gobiernos estadounidenses. Muchos de esos dedos se entrenaron en la Escuela de las Américas y fue allí donde aprendieron técnicas más eficaces para deshacerse de la oposición. Fue allí donde aprendieron que la tortura y las desapariciones son formas válidas para gobernar una nación, siempre y cuando se cuente con la bendición del Tio Sam. Los rostros de los candidatos asesinados vinieron a mi mente. La sangre de los líderes desaparecidos, el hambre de los pobres que soñaron que su voto podría cambiar las cosas. Los pies descalzos de los indígenas y el rostro triste de los niños que pasan frío en las calles de las grandes ciudades latinoamericanas. Todas esas cosas vinieron a mi mente en un instante. Y luego volví a ver las colas. Todas esas personas esperando votar. Esperando que su voto haga una diferencia. Para ellos votar significa hacer valer un derecho. Para nosotros votar era una tarea sin sentido. Después de todo, ¿qué sentido tenía votar cuando de todas formas el candidato, elegido a dedo, sería el seguro ganador y el pueblo, una vez más el perdedor? En este país el pueblo tiene la oportunidad de castigar a los funcionarios que no cumplen a cabalidad sus funciones. En este país aún se eligen presidentes. En algunos de nuestros países se eligen monigotes. En otros se eligen ladrones. Y, en el peor de los casos, se sustituye a un tirano por otro. Todo siempre bajo la mirada vigilante del Tio Sam que, aunque ya no se interesa mucho en América Latina, aún mantiene intereses en la región. Viendo a esas personas esperar, haciendo cola, pude ver en sus rostros la misma mirada que vi tantas veces en los países latinoamericanos. La mirada de la gente convencida por las promesas y mentiras de los candidatos. La mirada inocente del que piensa que su voto puede hacer la diferencia. La mirada segura del hombre que defiende sus valores con su voto. El cuadro es el mismo. El paisaje y los personajes diferentes. Y aunque en este país no sea la dedocracia quien gobierna, una cosa es muy cierta, el dedo del presidente de turno puede decidir en un instante la vida de millones de personas. Dedocracia, corrupción y tiranía fueron características propias de América Latina, pero como Uruguay demostró este fin de semana, nuestros pueblos también son capaces de demostrar un poco de dignidad y votar en contra de los dedocratas, corruptos y tiranos que por tantos años nos han desangrado. |
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